domingo, 3 de abril de 2011

Cuestión de fe

Al momento de ponerme mística, me interesan dos figuras que se van por la tangente de la religión canónica: María Magdalena y un ángel con ojos en las alas que está en la catedral de La Plata, tallado en madera, en un altar lateral, casi escondido.
El ángel tiene rasgos indígenas, una nariz aguileña, pelo de madera oscura. No es un rechonchito con rizos dorados y cara de nene bien sino un muchacho alto y flaco, con gesto reconcentrado, con túnica, morocho, indio. Un cabecita negra, quizás tallado por alguien como él, que encontró en el sincretismo su modo de resistir a la religión impuesta a punta de espada. Y está en la Catedral, colado en el centro del poder, relojeando como viene la cosa con esos ojos que tiene en las alas en señal de alerta, para avisarle a todos el día que el paraíso venga a la tierra.
Le cuento a mi hermana, vía mail, que la Desatanudos no necesariamente es una advocación de María la Virgen. ¿Cuántas advocaciones de la Virgen hay con los hombros desnudos? A las vírgenes en general las cubren con velos hasta las orejas. (¿Cualquier semejanza con el uso de chador será pura coincidencia?). Y lo llevo más lejos. Creo que la Desatanudos es más bien María de Magdala. Ella me escribe: "Conozco , más o menos la historia de María de Magdala. Era un apóstol más, aunque después hicieron como que no existió... o peor, dijeron que era una prostituta. En el cuadro "La Última Cena" probablemente sea la persona que aparece sentada al lado de Jesús. Para ser hombre tiene rasgos demasiado delicados. Ella tiene un vestido rosa con ribetes celestes. Él, túnica celeste con ribetes rosa. Están mirando a lados opuestos, como si fueran uno el reflejo en espejo del otro. Si se pudiera recortar la imagen de ella, y acomodarla al otro lado de Jesús, quedaría con la cabeza recostada sobre su hombro. Como sea, los dos fueron revolucionarios en ese sentido: ella por andar mano a mano con los hombres, y él por permitírselo públicamente, en una época en que las mujeres valían menos que un jarrón”.
Pensaba todo esto en el subte. Frente a mí, una mujer iba rezando el rosario. Tenía unos entre los dedos y otro colgado del cuello y murmuraba cosas. Hace unos días, otra chica con medias de nylon gruesas y sandalias se miraba la punta de los pies cubiertas. En un momento sacó una Biblia y se puso a leer en voz alta, como si tuviera el mp3 demasiado alto y fuese tarareando una melodía que no podía entender nadie más que ella.
El que más me gustó, sin embargo, era un niñito. Anochecía a la salida de la línea D. El pibito apenas sabía caminar. Su madre lo iba guiando por la escalera. Él subía como podía, despreocupado pero poniendo empeño. Levaba unas zapatillitas de esas que tienen luces a los costados de las suelas.
Quizás la fe consista en eso, en saber que las palabras son poderosas, en admitir que nos construimos mundos sutiles que se pueden desplomar en un segundo pero la incertidumbre es todo lo que tenemos, además de la certeza de la muerte. O también, puede ser que la fe tenga que ver con subir y bajar escaleras como uno puede sabiendo que finalmente vas a llegar al mejor lugar para vos aunque no sea el lugar que esperabas; en dejarse acompañar porque no hay acto de amor posible sólo en lo individual. Somos una comunidad de empecinados y empecinadas en la fe. Nos reconocemos por llevar lucecitas en los pies para decir “yo estoy aquí”. Y también “caminemos juntos”.

1 comentario:

  1. Ay qué hermosuraaaa. Me quedo con estas líneas:
    Puede ser que la fe tenga que ver con subir y bajar escaleras como uno puede sabiendo que finalmente vas a llegar al mejor lugar para vos aunque no sea el lugar que esperabas; en dejarse acompañar porque no hay acto de amor posible sólo en lo individual

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